Esta es la Historia de... Ruffo. La Historia de un Perro Callejero
Soy Ruffo y esta es mi historia, en la voz de Juanita, la mujer que me adoptó: Nací el caluroso mes de mayo, no recuerdo el día, en un terreno baldío entre las hierbas y algunos desechos, fui el tercero de cinco hermanitos y el único color blanco. Los humanos nos clasifican por razas, yo, no tengo una que me avale, pero por nombrar alguna, soy un tipo de maltés pero más grande. Cierto día vinieron unos niños y se llevaron a dos de mis hermanas, yo traté de poner la mejor de mis sonrisas y hacer algunas gracias como echarme de pancita y perseguir mi colita pero no me escogieron, no sé porqué.

Un mes después decidí salir de mi "hogar" a buscar nuevas aventuras, fui a un mercado sobre ruedas que quedaba muy cerca y me aventaron piedras, creo que querían jugar conmigo, pero no se dieron cuenta que me lastimaron las patitas, no importa, seguí mi camino. Una señora me vio y creo que le gusté porque me cargó y me llevó a su casa, me bañó y alimentó... Después me puso un listón rojo y me regaló a su hijo, ese día fue uno de los más felices de mi vida porque al fin tenía un hogar, aunque iba a extrañar a mi mamá, no importaba porque ahora tenía un papá y dos hermanos, una niña y un niño, los cuales me bautizaron como Ruffo.... Al principio, como era chiquito, todos me querían, me abrazaban y jugaban conmigo, crecí muy rápido y empecé a notar que los niños ya no me hacían mucho caso y mi papá se olvidaba de darme de comer, en ocasiones pasaban dos días y nada... aprendí que si lloraba y aullaba fuerte, me daban de comer, pero con el paso del tiempo, ni eso funcionaba. Hasta que unas vecinas de al lado me escucharon y me arrojaban croquetas por el balcón de su casa, que era muy alto. Las envolvían en periódico y me las lanzaban, gracias a ellas no morí de hambre, porque mi familia estaba de vacaciones y tardó un mes en regresar. En cuanto llegaron, me echaron a la calle, yo pensé que había hecho alguna travesura y que me iban a perdonar, pero aunque me la pasaba afuera, en la puerta de la entrada principal, me pateaban muy fuerte y me hacían llorar. Entonces me di cuenta que no me querían más.

Mucho tiempo pasó, la verdad no sé exactamente cuanto, creo que fueron alrededor de dos años los que anduve vagando en la misma calle, donde alguna vez estuviera mi casa. Mis papá y mis hermanos no me reconocían, seguramente porque estaba flaco, sucio y con muchos nudos en mi pelo. Traté de ser fiel a pesar de todo, pero necesitaba sobrevivir buscando comida y afecto. La verdad se me dio muy bien el ser agradable y gracioso, era infalible echarme de pancita para atraer la atención de la gente, tanto que una familia que tenía una fonda, me daba de comer cada tarde, recuerdo que ellos me llamaban “Gaspa”. Me gustaba mucho estar ahí, eran tan graciosos… pero tenían dos perros así que no pude quedarme, eso sí, todos los días iba por mi ración de comida. Al final de la calle, había una pareja de viejitos, que al parecer nunca tuvieron hijos, ellos me dejaban entrar a su casa, con un jardín enorme, me daban pan y leche, un litro cada tercer día, eran tan cariñosos y en su hogar se sentía una paz que en mi vida había sentido, ellos me llamaban “Vago”. Frente a ellos, vivía una familia joven, con dos niñas preciosas y cuando pasaba la perrera municipal me ayudaban y me escondían en su casa, a veces me alimentaban y daban agua y cuando llovía me dejaban quedarme en su jardinera, hasta alejaban a otros perros que me querían hacer daño. Cierto día, iba caminando y escuche unas voces que me parecieron familiares, claro!!! ¿Cómo olvidarlo??? ¡Eran las vecinas que me tiraban croquetas!! Una de ellas trabajaba al otro lado de la colonia, un día decidí acompañarla, pensé que tal vez así, podría corresponderle el favor que me había hecho años atrás. Así que la seguí… me enseñó a usar el puente peatonal, que casi no lo usan los humanos pero yo así lo hice a partir de ese día; cruzar el puente e ir con ella a trabajar.

Fue un sábado, lo recuerdo bien, ella iba llegando de la escuela y me dio tanto gusto verla que corrí para alcanzarla, pero no me fijé bien y un auto me arrolló, yo solo escuché el rechinido de llantas y no pude esquivarlo. Pensé que me había quedado sin patas, no fue así, pero me hirió. Ella corrió desesperada a verme y yo, como pude fui con ella y me dejó entrar a su casa, llamó a un médico y me llevaron a operar. Me cuidaron durante dos semanas, me pusieron una cubeta en la cabeza y a partir de ese día, ese fue mi hogar. Ella decidió hacer modificaciones a su jardín para tenernos a mí y a su otro perro, que se llamaba Oddie, quien por cierto, nunca le caí bien. Hoy, tengo diez años y tengo un hogar feliz gracias a Juanita, la mujer que decidió adoptarme. ¿Saben que es lo mejor de todo?? Que mis amigos de la colonia a veces van a tocar a mi casa para saludarme y para llevarme pan y leche. Jamás olvidaré a toda la gente que me ayudó y que gracias a todos ellos, estoy aquí, sano y salvo. FIN Visita: http://laminirevista.jimdo.com

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